El sonido de sus risas me alcanza envolviéndome como una ola en la orilla del mar. Dejo de mirar el móvil, lo guardo en un bolsillo y los miro. Se les siente tan felices. Su padre se turna para empujarles en el columpio; los dos hermanos compiten por ganar su atención y él se desvive para que ninguno se sienta de menos. A ratos les hace cosquillas, les gasta bromas y los lanza más y más alto, «¡a volar!» les chilla y ellos no paran de reír. Él también ríe. A simple vista parece una risa auténtica, una risa tan inocente como la de los gemelos pero yo, solo yo sé que no es así, sé que es una risa forzada, y sé cuánto le duele por ello. Al menos ahora sabe fingirla, y un espejismo de felicidad nos envuelve. Vuelvo a coger el móvil y les saco una foto. La observo. Tal vez cuándo sean mayores y todo haya pasado pueda enseñarles esa foto y decirles: «mirad chicos, eramos tan felices» y ellos lo creerán, porque así lo sintieron, y no habrá que explicarles nada —ya no hará falta—, nos tragaremos el regusto amargo de una mentira que no necesitarán conocer.
Como si leyera mis pensamientos él me mira. Nos sostenemos la mirada unos minutos; la comisura de sus labios se vuelve más curva, trata de decirme que sí, que no me preocupe, que está bien, pero la rigidez de su gesto no me pasa desapercibida. Él se da cuenta y deja de sonreír. Un nubarrón oscuro surca sus ojos, inevitable, perenne como hojas nostálgicas que no quieren dar paso a brotes nuevos. Me sonríe de nuevo con su sonrisa habitual, la de siempre; entiende que conmigo no sirve fingir y levanta los hombros un poco, diciéndome que lo intenta. Yo asiento con la cabeza y le susurro: «está bien». Vuelve a los chicos, vuelve a su papel, con ellos es más fácil, yo me quedo con el recuerdo de su sonrisa en mi mente, y viajo en el tiempo, años atrás, cuando esa misma sonrisa entre nostálgica y comedida me enamoró.
Pensaba que escondía un intenso mundo interior, y en verdad era así, pero mucho más oscuro de lo que yo imaginaba. Siempre me decía que le había salvado, aunque durante mucho tiempo no entendía de qué, ¿de la soledad? ¿del desamor? La verdad llegó sin avisar, grotesca y oscura, como ponzoña negra contaminando todo. Llevábamos seis meses viviendo juntos y lo encontré metido en la cama, bajo las mantas, llorando desconsoladamente sin ningún motivo. Al fin me confesó su secreto, el monstruo que lo rondaba desde hacía años, aquel del que se supone que mi amor lo había salvado: la depresión. Aquel día yo también lloré, mucho, pero no frente a él, nunca he vuelto a llorar frente a él, ¿cómo hacerlo?, y decidí quedarme. Pude haberme ido, nadie me lo habría reprochado, llevábamos poco tiempo y, aunque una voz me gritaba: «¡huye, aún puedes olvidarlo!», la desoí. Lo quería, lo quería tanto, y pensé que sí, que yo le salvaría, que estaría ahí para él y jamás volvería a estar triste porque yo sería suficiente. Después descubrí que ni siquiera dos hijos serían suficientes y que mi vida estaría regida para siempre por el vaivén de sus estados de ánimo.
Los gritos de los gemelos me sacan de mi mundo interior. Corren hacia mí gritando; ya están cansados y hambrientos. Es hora de volver al apartamento. Él llega hasta mí y me da un beso en la mejilla. Los chicos me preguntan que qué hay de cenar; yo me encojo de hombros. «Lo que queráis, chicos,¡estamos de vacaciones!», responde él. Ellos vitorean entusiasmados; están disfrutando esta escapada tanto que su padre y yo nos miramos y por unos segundos rozamos esa felicidad que deseamos alcanzar, que fingimos haber alcanzado ya. «¿Y si compro unas pizzas y cenamos en la terraza?» improviso; recibo nuevos vítores como respuesta. Me adelanto a un supermercado que hay cerca del apartamento mientras él se va con los gemelos para empezar a bañarlos y preparar la mesa. Camino tranquila. Pienso que lo vamos a conseguir, que lo voy a conseguir; voy a ser feliz y todo habrá valido la pena… todo.
Entro al supermercado; es un comercio pequeño de playa con apenas cuatro pasillos atestados de productos desde el suelo hasta el techo. El lugar es estrecho, es casi inevitable rozarse con otros clientes y, al girar un pasillo, todo mi mundo simplemente se hace trizas.
La cesta que sostengo se cae, desparramando todo su interior por el suelo. Al final del pasillo una figura masculina se vuelve por el ruido y me mira. Nos sostenemos la mirada unos minutos… Siento el llanto pujando por salir y un peso insostenible en el pecho. Como ecos lejanos escucho voces a mi lado; me preguntan si me encuentro bien y empiezan a guardar todo en la cesta. Yo no les contesto, no puedo hablar, solo lo miro… Un fantasma del pasado venido justo en el momento en que mis dedos empezaban a rozar la superficie, cuando ya casi lo había logrado, cuando la bocanada de aire que tanto había aguardado me salvaría de ahogarme. Bajo la mirada y veo su mano que con suavidad entrelaza unos dedos que no son los míos; dedos de mujer. Levanto la vista y la miro. Ni siquiera sé si es más guapa que yo, más joven, más alegre… eso último seguro. Sabía que ocurriría, sabía que era lo más lógico —hacía ya dos años desde esa última noche—, pero no sabía que dolería tanto, no sabía que en un segundo me arrepentiría de todo, que rezaría desesperada por volver atrás, por volver a tenerlo entre mis brazos y decirle que sí, que lo dejaría todo por él, que lo amaba más de lo que jamás había amado a nadie, que un amor así solo aparece una vez en la vida y que no podía destrozar algo tan hermoso por nada ni por nadie, ni por mis hijos, ni siquiera por él… él, que ya había intentado suicidarse en dos ocasiones. No pude, no fuí capaz, le obligué a marchar, lo destrocé, aniquilé nuestro amor y ahora él estaba con otra. ¿De verdad ya me había olvidado? ¿de verdad amaba a otra? Solo pensarlo me desgarraba por dentro, me oprimía el pecho y apenas podía respirar. Alguien puso la cesta en mis manos y yo la agarré con fuerza sin dejar de mirarle. La mujer a su lado le decía algo pero él parecía no escucharla. Sus dedos resbalaron de su mano y entonces ví en sus ojos el mismo abismo de dolor que yo estaba transitando, la misma pasión desenterrada en medio segundo, la misma esperanza empezando a resurgir desobediente; su cuerpo tan paralizado como el mío me dijo sin palabras que seguía amándome, que aún me esperaba, y sus ojos me preguntaron si esta vez sí.
Siento zarandear mi brazo y unas voces conocidas me despiertan a la cruda realidad. Miro a los gemelos a mi lado diciéndome algo. «Querían elegir la pizza», dice él aproximándose por el pasillo. Al llegar a mi lado me mira y lo mira, y en un segundo lo sabe. Aunque nunca lo haya visto, de inmediato sabe que es él, y el mismo nubarrón oscuro de hace dos años cruza su rostro, un rostro que he prometido amar y cuidar para siempre, porque yo le he salvado… Y por segunda vez en mi vida, renuncio. «Os espero en casa, ¿vale?», murmuro apenas, y entregándole la cesta salgo precipitadamente sin mirar atrás, porque sé que si vuelvo a mirarle ya no podré dejarlo marchar, esta vez no.
Un año después se suicidó. Finalmente no pude salvarle; ni mi amor ni mi entrega fueron suficientes. Después lo busqué, a él, pero ya era tarde. Se había casado. Nunca supe si era la mujer del supermercado; poco importaba. Tenía una hija y una hermosa familia feliz y no tuve el valor de destrozarla. Al ver sus fotos en redes me decía que no eran tan diferentes a las nuestras: una preciosa postal de familia perfecta, y me preguntaba si no esconderían la misma mentira que escondían las mías. Después dejé de buscarlo, era demasiado doloroso.
A veces vuelvo a los lugares donde nos enamoramos, donde todo empezó y acabó, y fantaseo con la idea de verlo aparecer, y volvemos a mirarnos y nos decimos todo sin decirnos nada y la vida nos ofrece por fin una segunda oportunidad, pero los años pasan y el milagro no sucede. Los gemelos se volvieron hombres y ya confrontan sus propias tormentas; el recuerdo de su padre les reconforta, al menos conseguí dejarles al margen del oscuro abismo que lo engulló. A mí sólo me queda ya pensar que tal vez en otra vida nos encontremos y vivamos al fin nuestro amor, sin trabas, con el valor suficiente esta vez para no dejarlo escapar por nada ni por nadie.

