Miro la bandeja con el desayuno y sonrío. Hace ya meses que dejé de preguntarme si he perdido el juicio. Abro la puerta que comunica la cocina con el garaje y bajo los dos escalones. Enciendo la luz y me dirijo a la mesita que ocupa el lugar donde antes siempre estaba aparcado mi coche. Desde hace casi dos años duerme en la calle. Me siento, y mientras remuevo el café, levanto despacio la vista.
Mi mano se para en seco y suelto la cucharita. Me pellizco el muslo para asegurarme de estar despierta. Doy un brinco y miro alrededor. La puerta del garaje está bien cerrada y no parece haber nada fuera de lo normal. “No puede ser” me digo, pero la realidad que me devuelven mis ojos es otra.
No está. La moto que debería estar frente a mí ha desaparecido. Alguien se la ha llevado. De inmediato corro a la cocina y busco mi móvil. Llamo a la policía y denuncio el robo.
—¿Solo se han llevado la moto?
—Sí, supongo.
Me pide que haga el favor de comprobarlo. Yo vuelvo al garaje y echo un vistazo rápido.
—No, nada más, solo la moto.
Me pide todos los datos: matrícula, modelo, color. Después me dice con una calma que me irrita que ya han tomado nota y que me avisarán con cualquier cosa. Debo pasar por comisaría para formalizar la denuncia. Tan pronto cuelgo casi vuelo a mi habitación a vestirme. El móvil en mi mano suena, un wasap de Fran, lo leo:
«¿Adivina quien ha bajado hoy a la cafetería?».
«Hoy no voy a desayunar Fran, ha ocurrido algo terrible…» pienso, pero escribo: «Fran dile a Marta que hoy llegaré tarde al trabajo, que han robado en mi casa.»
De inmediato Fran me llama. Yo dudo si cogerlo; no sé si soy capaz de hablar. Pero es Fran, solo él puede entenderme.
—La han robado, Fran… —El llanto me invade de improviso y apenas puedo hablar—. Han robado la moto de Nico. He bajado a desayunar y no estaba, y la puerta está cerrada y todo está igual, pero la moto no está, se han llevado su moto, Fran.
—¿Cómo que han robado la moto? ¿Quién va a robar la moto?
—¡Yo qué sé, Fran! ¡No lo sé! Pero no está, y nadie sabía que estaba ahí, solo tú y yo.
—Vale, ¿has llamado a la policía?
—Sí, tengo que ir a poner la denuncia; de hecho, debería colgar, Fran…
—Vale, Lucía, pero escúchame, intenta calmarte antes de coger el coche, ¿vale?
Yo asiento con la cabeza como si pudiera verme. Respiro hondo y consigo ir refrenando el llanto, hasta que escucho sus palabras:
—Es solo una moto…
Esas cuatro palabras se me clavan en el pecho. Sé que en realidad no lo piensa; él sabe que no es «solo una moto», es «su» moto. Es todo lo que me queda de él. Un llanto amargo me invade, como si hubiera vuelto a perderlo, otra vez. Cuelgo el móvil y lo lanzo a la cama. Sigo vistiéndome más despacio; la urgencia me ha abandonado. Por segunda vez en mi vida me siento derrotada. Él no va a volver, quizá su moto tampoco. El móvil vuelve a sonar. Miro la pantalla pensando que es Fran, pero no reconozco el número. Lo cojo. Es la policía; la moto ha aparecido.
—¿Qué? —exclamo escéptica, me parece imposible.
—Sí, no muy lejos de su casa. Unos compañeros estaban desayunando en el Mickey y han visto una moto aparcada con las llaves puestas, al no aparecer su dueño han dado el aviso. No hacía ni cinco minutos de su llamada. ¿No pudo haberla olvidado allí? Quizá…
—No sé conducirla —le interrumpo tajante, molesta con su insinuación. El nombre del bar resuena en mi mente como un eco lejano, pero me esfuerzo por ignorarlo.
—Bien, comprendo. Entonces ¿puede mandar a alguien a recogerla? —Su voz respira prisa, está claro que tiene cosas más urgentes que atender.
—Sí, ¿podría dejarle las llaves al dueño del bar?
—¿Lo conoce?
—Sí, Miguel, Mickey para los amigos… —Trago saliva, hacía años que no pronunciaba ese nombre—. ¿Puede decirle que es la moto de Nico el Guapo y que Fran irá a recogerla?
—Muy bien, señora, le dejaremos la moto a Miguel, que pase un buen día.
Cuelgo y me siento en la cama exhausta por tantas emociones. Miro la hora; al final sí podré ir a trabajar después de todo. Cuando llegue le pediré a Fran que vaya a recogerla.

Son las ocho de la tarde. La moto vuelve a ocupar su lugar en mi garaje, pero la noticia ya se ha propagado como la pólvora, alguien conoce a alguien que conoce a alguien… La primera en aparecer es mi hermana. Respiro hondo un par de veces antes de abrirle la puerta. Como era de esperar entra ofendida, con su habitual aire de hermana mayor. Pasa a mi lado sin decir nada, la rabia contenida contrasta en su rostro de porcelana.
—Hola —le digo con sorna, pero ella me ignora.
Abre la puerta que da al garaje y baja. La oigo maldecir desde la cocina, y espero su regreso con resignación. Sube aún más roja que antes y empieza a gritarme fuera de sí, como si acabara de presenciar la escena de un crimen.
—¿Cómo se te ocurre, Lucía? ¿Es que has perdido el juicio? ¡Es de locos!
Yo la miro sin decir nada. Ella me observa y noto como transita de la indignación a la lástima. Conozco bien esa mirada, la llevo soportando casi dos años como si nada más me definiera.
—¡Oh, Lucía! —Haciendo aspavientos se deja caer en una silla derrotada, casi a punto de llorar—. Pensaba que estabas mejor.
—Y lo estoy.
—¿Que lo estás? ¿Y por qué no te has desecho de ella?
—Porque era su vida.
—¡Tú eras su vida!
—Adoraba esa moto y es lo que más me recuerda a él.
—Lucía, por Dios, se mató con esa moto… —Mi hermana mira al suelo negando con la cabeza con frustración, debatiéndose entre la rabia y la lástima.
Se levanta, apoya sus manos en mis hombros y me mira fijamente a los ojos.
—Lucía, escúchame, esa maldita moto lo mató, no puedes tenerla en tu casa. Es como si tuvieras su arma homicida ¿no lo entiendes?
—Yo no lo veo así…
—¿Y esa mesa en el garaje? ¿Por qué está tu coche en la calle? —Ahora me mira como si estuviera loca.
Yo no respondo; si le digo que desayuno ahí cada mañana mi locura quedará confirmada. No entenderá que así siento a Nico más cerca. Me suelta derrotada.
—Voy a hablar con Fran, a él le harás caso.
—Ya lo sabe.
—¿Que lo sabe? ¡No puedo creerlo! —Da vueltas agitada por la cocina, negando con la cabeza—. ¡Estúpido! Está tan colado por ti que te ha acompañado en esta locura…
Empieza a recoger sus cosas. Se pone el chaquetón decepcionada, va hacia la puerta, pero se vuelve y me da un fuerte abrazo.
—No puedo más, Lucía —Me suelta, pero antes de salir se gira y añade—. Algún día se cansará de esperarte, Lucía. Nico no va a regresar.
Se marcha dando un portazo y yo recibo sus últimas palabras con un regusto de amargura.
«Ya sé que Nico no va a regresar», le contesto en mi mente, pero aún no soy capaz de decirlo en voz alta.
No hace ni quince minutos que mi hermana se ha ido cuando llaman a la puerta. Por un momento temo que haya vuelto con refuerzos, tal vez mis padres o alguna amiga, pero al abrir me encuentro al mayor de los bálsamos en el rostro de Fran. Me tiro a sus brazos y me mantengo anclada a él unos cuantos minutos. Trae cena y una botella de vino; su color me recuerda las mejillas de mi hermana indignada.
Nos sentamos en la cocina y abrimos el vino. Él me confirma que la noticia de que conservo en mi garaje la moto con la que se mató mi marido es la nueva comidilla de la oficina. Reímos a carcajadas, qué otra cosa puedo hacer. Si él me apoya puedo con todo, como siempre. Pero noto que algo no me ha contado. No hay secretos entre nosotros y sabemos leer en el rostro del otro lo que los silencios tratan de ocultar.
—Lucía… —empieza tras un silencio más largo de lo normal.
—Dale —le animo; él suelta un conato de risa.
—La moto… tenía las llaves puestas.
—Sí, lo sé, me lo dijeron.
—Y en tu casa no había ninguna puerta forzada…
—¿Y? —escudriño su rostro tratando de averiguar a dónde quiere ir a parar.
—¿Quién robaría la moto para abandonarla a dos manzanas de aquí?
—¿No estarás insinuando lo que yo creo? —El enfado ya asoma en mi voz—. Yo no he tocado la moto.
—¿Qué? No, ya lo sé… —pone su mano sobre la mía y yo respiro aliviada.
—¿Entonces qué quieres decir? —le pregunto intrigada.
Fran aparta su mano antes de contestar.
—Digo que es como si él la hubiera movido… es de locos.
Lo miro perpleja unos segundos y suelto una carcajada. Él también se ríe, pero se calla enseguida. Como para distraer mi atención, o la suya, empieza a repartir la cena en los platos. Mientras lo observo me pregunto una vez más quién puede haberse llevado la moto, ¿de veras Fran cree que ha sido él? ¿Le habré contagiado mi «locura», como dice mi hermana? Pero Fran ya está mascullando otra idea, que no tarda en compartir conmigo.
—Lucía —empieza, sin dejar de mirar su plato.
—¿Sí?
—Deberías deshacerte de ella.
Yo suelto el tenedor que golpea en el plato. Él levanta la vista y me mira.
—Ya van a hacer dos años. Tú no la usas ni la vas a usar nunca. No creo que te haga bien seguir teniéndola.
Las ganas de cenar desaparecen de golpe. Las lágrimas acuden a mis ojos en menos de un segundo. Fran me mira con ternura, pero continúa:
—La moto está nueva, seguro que puedes sacarle un buen dinero. Lo he hablado con Mickey y él sabe de un par de personas que podrían estar interesadas…
—¿Que lo has hablado con Mickey? —musito con un hilo de voz.
—Sí, Lucía, a él tampoco le ha gustado esta historia de la moto con las llaves puestas, es demasiado… raro.
—¿También él cree que mi difunto marido ha sacado su vieja moto para dar un paseo…? —suelto de carrerilla con sarcasmo.
—No, no es eso, es que ya deberías pasar página y creo que mientras esa moto siga ahí…
Miro a Fran y siento que me mira con la misma pena que mi hermana, y duele. De pronto necesito que se vaya.
—Vete, por favor.
—Lucía…
—Vete, quiero estar sola —le interrumpo, y sin mirarle camino hasta la entrada y abro la puerta—. Vete por favor. —Las lágrimas corren por mis mejillas sin control.
Fran recoge sus cosas y camina despacio hacia la puerta, al pasar a mi lado se detiene e intenta tocarme con la mano, pero yo me echo hacia atrás.
Sigo sin mirarle, no puedo.
Antes de salir me dice:
—Estaba aparcada en la puerta del Mickey, ¿quién iba a robarla para dejarla justo allí?
Yo cierro dando un portazo. La decepción ha dado paso a una rabia creciente, que descargo recogiendo la cena que no hemos tomado y ordenando la cocina. Cuando termino subo a mi cuarto, tiro mi ropa al suelo, me pongo el pijama y me lanzo a la cama. Solo cuando el edredón me cubre y apago la luz soy consciente de que mi rabia ha vuelto a mutar.
«Estaba aparcada en la puerta del Mickey», las palabras de Fran me persiguen como un recordatorio de lo cruel del destino. Mil escenas de un pasado que ahora se siente de otra vida me golpean sin tregua. En ese bar conocí a Nico, Fran me lo presentó. Era nuestro lugar de encuentro. Tantas risas, tantos recuerdos, tantos amigos que no he vuelto a ver… Cuando ocurrió el accidente dejé de ir. Fran sigue yendo; de vez en cuando me recuerda que le siguen preguntando por mí, que me siguen esperando…
Mi móvil suena repetidamente. Lo miro. Es Fran mandando mensajes; me pide perdón.
«Lo siento, Lucía, yo solo quiero que tú estés bien, perdóname, por favor».
Las lágrimas vuelven a mis ojos, no soporto enfadarme con él, pero no le contesto. Sé que soy cruel, pero quiero castigarle; silencio el móvil y lo dejo sobre la mesita.
En algún momento me duermo. Sueño con el Mickey.
Viajo a una tarde de verano. Estaba con Fran en nuestra mesa. Él había estado muy raro todo el día, como en otra parte. Yo le pregunté si le pasaba algo. Él se puso muy serio y empezó una frase que yo interrumpí cuando mis ojos se posaron en un chico que había en la barra. Hablaba con Mickey y reía, muy consciente de las miradas de todas las chicas del bar.
—Es Nico el Guapo —escuché la voz lejana de Fran.
—¿Qué?
—Que es Nico el Guapo. No me estás haciendo caso…
—¿Le conoces? —fue lo único que atendí de sus palabras.
—Sí, claro, es amigo de Mickey….
—Preséntamelo.
—¿Qué? —Fran no podía creerlo; yo no solía ser tan lanzada.
—Que me lo presentes, vamos.
Y me levanté.

Me despierto agitada y confusa. Como un eco me llegan las palabras de Fran que aquel día no escuché, o no quise escuchar. «Hace tiempo que quiero decirte algo…» había empezado antes de que yo le interrumpiera. Sé lo que quiso decirme y yo frené. Ahora lo sé, ¿fui consciente ese día? ¿de veras estaba tan obnubilada con Nico que no lo vi? Acaricio mi frente cansada ¿qué importa ya? Si iba a decirme lo que yo creo hice muy bien en detenerlo.
Agotada me levanto y me hago un café, aún medio dormida. Meto una rebanada de pan en la tostadora y voy al garaje mientras se hace. Un segundo después la taza de café con todo su contenido rueda por los dos escalones tamborileando con su eco interminable.
Me siento en el primer escalón, derrotada, sin ser consciente aún de qué reacción va a gobernar mi cuerpo.
No está, la moto no está; otra vez ha ocurrido. Ya no sé qué pensar, ¿otro robo? No pienso volver a llamar a la policía. Las palabras de Fran resuenan en mis oídos, ¿es posible que tenga razón?, pero destierro enseguida la idea. Aun así, no puedo evitar preguntarme dónde habría llevado la moto Nico… Y de inmediato lo sé. Corro a vestirme, nerviosa. Es una locura, otra más, pero ¿y si tengo razón?
En menos de cinco minutos conduzco mi coche en dirección a un merendero a las afueras de la ciudad. Es una zona a orillas del río, rodeada de vegetación y altos pinos. Solo media hora más tarde estoy aparcando mi coche junto a la moto de Nico, que me espera con las llaves puestas.
Muy despacio me subo en ella y abrazo a un Nico imaginario. Cierro los ojos y casi puedo sentirlo: su pelo lacio rozándome el rostro, su olor a gasolina y cuero gastado, sus anchas espaldas. Las lágrimas me alcanzan otra vez, pero acompañadas de una extraña calma. Pongo mis manos en los puños y me pregunto cómo voy a llevarme la moto esta vez…
Como si me leyera el pensamiento, el móvil suena; es Fran. Sin pensarlo demasiado lo cojo.
—Lucía yo… —empieza él.
—Tengo algo que pedirte… —le interrumpo.
Esa noche nuevos sueños me agitan. Estamos en el merendero, todos, los viejos amigos, caras conocidas que hace tiempo no veo. Me doy cuenta de cuánto los echo de menos. Estoy sentada con Nico, riendo como una quinceañera. Apenas hace una semana que nos han presentado. Yo estoy extasiada; me gusta todo de él, nunca imaginé caer en un tópico así pero no puedo evitarlo, he mordido el anzuelo. Al fondo hay una pista de tierra donde los chicos juegan al fútbol.
Entonces sucede: Nico me besa, nuestro primer beso. Yo floto henchida de deseo, pero por el rabillo del ojo le veo. En la pista un chico está parado, sin atender a sus compañeros que le jalean algo. Solo nos mira, me mira, y casi puedo escuchar cómo algo se rompe dentro de él. Es Fran.
Despierto alterada. Me rozo los labios con los dedos, ha sido tan real, pero no puedo borrar de mi recuerdo el rostro de Fran. Esa mirada, ¿de veras existió? ¿me miró así, dolido, decepcionado… hundido?
«Está tan colado por ti…», había dicho mi hermana.

Me levanto de un salto, tratando de alejar esa idea de mi mente. Fran es mi amigo, mi gran amigo, nada más. Sin pasar por la cafetera voy directamente al garaje. Ya no me sorprendo cuando encuentro el hueco vacío donde debería haber una moto. Confirmado, he perdido el juicio. ¿De verdad estoy dando por válida la idea de que el fantasma de mi marido se pasea con su antigua moto? Mi risa forzada resuena en el garaje. Levanto los hombros con resignación y, como si fuera lo más normal del mundo, pregunto en voz alta:
«Muy bien, Nico, siempre te gustó jugar, ¿dónde te la has llevado ahora?»
Esta vez no lo tengo tan claro y decido hacerme ese café mientras pienso en ello.
Sentada a la mesa de la cocina, una mezcla de emociones me invaden. La última vez que desayuné aquí acababa de perder a mi marido. Era la mañana después del entierro y me llamaron para comunicarme que ya podía retirar la moto del depósito. Las cuarenta y ocho horas anteriores había maldecido esa moto más veces de las que era capaz de recordar, pero en ese instante comprendí que no podía deshacerme de ella. No había nada en el mundo que me trajera más de vuelta a Nico que esa endiablada moto. Sin decir nada a nadie, llamé a uno de sus compañeros de rutas y le pedí que me la trajera a casa. Aparqué mi coche en la calle y empecé a tomarme el café sentada en los escalones del garaje, mirando la moto. Cuando se volvió costumbre trasladé una mesa y una silla y ya no volví a desayunar en la cocina… hasta hoy.
Después de un buen rato sin llegar a ninguna conclusión, decido llamar a Fran. Tendré que recurrir a él para recuperar la moto, por qué no recurrir a él también para encontrarla. Él fue el primero en insinuar que Nico podía estar haciendo de las suyas… empieza a no parecerme tan descabellado.
Fran tiene claro enseguida donde está la moto. Me recoge con su coche y conduce sin decirme nada durante una hora. Solo a mitad de camino comprendo a dónde se dirige.
Hace tres años celebramos una Nochevieja en un hotelito en las montañas. Fuimos Nico, Fran y yo. Fran trajo a una novia que no le duró mucho tiempo, aunque la chica estaba a todas luces colada por él. Fue un fin de semana increíble, reímos, bailamos y bebimos mucho. A la vuelta Fran dejó a la chica y nuestra corta ilusión de quedadas en pareja se diluyó tan rápido como había llegado.
Efectivamente, en el aparcamiento nos espera la moto de Nico. Decidimos tomar algo antes de emprender el largo camino de vuelta.
El bar del hotel nos lleva a aquella noche. Recordamos anécdotas y yo vuelvo a reír como hacía años que no lo hacía. Me siento tan bien con Fran que por unos minutos olvido el motivo de nuestra pequeña incursión. Por segunda vez tengo la sensación de que Fran calla algo, sus silencios son más largos de lo normal. Noto su mirada intensa sobre mí mientras finjo estar distraída.
A la vuelta él sale delante con la moto y pronto le pierdo de vista. Cuando se aleja lo contemplo y siento que algo antiguo se remueve en mi interior, aunque no quiero saber qué es. Después vuelvo a acordarme de Nico y le pregunto en voz baja: “¿Qué pretendes con todo esto?”. Pero no me contesta.
Esa noche vuelven los sueños y, como era de esperar, viajo a aquella Nochevieja.
Después de pasar la tarde esquiando, cenamos algo rápido y subimos a arreglarnos para despedir el año. Yo bajé de la habitación un poco más tarde. Ya estaban los tres en el bar y caminé hacia ellos. Nico estaba guapísimo. Al verme empezó a hacer gestos exagerados de sorpresa por mi aspecto; yo me sonrojé. Fran a su lado también me miraba. Nuestras miradas se cruzaron un segundo y lo sentí. Sentí algo más que admiración por la belleza de una amiga. Sentí un fuego que quemaba con solo mirarme. Entonces la chica se abalanzó sobre Fran, le rodeó con sus brazos y le besó. Yo salí de mi aturdimiento y también besé a Nico, que había llegado a mi lado.
Entierro la imagen de esos ojos, como hice aquel día, porque Fran es mi mejor amigo y no puedo permitirme pensar en algo más. Esa ha sido siempre la norma.
Ahora recuerdo que esa noche, después de las uvas, discutí con Nico. Es curioso cómo lo había olvidado. Se iba a la cama temprano porque había quedado para ir de ruta con su moto. La habitación había que dejarla a las doce y él se iba a las diez; eran solo dos horas de diferencia, en eso tenía razón. Nunca logré hacerle entender cuánto me dolía no ser la prioridad en su vida, esa tenía dos ruedas y todo lo demás se amoldaba a su conveniencia.

Al abrir los ojos me siento distinta. No tengo prisa por salir de la cama. No quiero correr a hacerme el desayuno para ir a comprobar si sigue allí su estúpida moto. Algo ha cambiado dentro de mí. Cierro los ojos y por primera vez no pienso en Nico. Un rostro que conozco tan bien como el mío viene en su lugar: Fran, el eterno Fran. Nos conocemos desde el instituto, media vida juntos. Recuerdo que una vez le pedí salir, una calentura adolescente que pronto se me pasó. ¿Me estará arrastrando una nueva fiebre? Solo había una forma de averiguarlo.
Salgo de la cama y por primera vez en mucho tiempo me dedico un buen rato a vestirme y arreglarme. Saco el maquillaje que hace años dejé de usar, y me pongo un vestido; incluso rebusco en el fondo del armario esos incómodos zapatos de tacón. Me río de mí misma, pero al mismo tiempo me deleito en el espejo, ¡llevaba tanto tiempo sin sentirme hermosa! Antes de salir me vuelvo, cojo la foto de Nico de mi mesita y me siento en la cama.
—Siempre lo supiste. Además de guapo eras listo. —Trago saliva, la nostalgia me alcanza—. Lo pasamos bien, ¿no crees? Valió la pena.
Me enjugo las lágrimas. Observo el rostro de Nico una vez más y antes de dejar la foto en su lugar le digo:
—¿Tenías que usar tu moto? Casi te escucho reír, Nico el Guapo.
Al fin bajo a la cocina, cojo una manzana para tomarla por el camino y me dirijo al coche. No necesito comprobar si la moto está en su lugar, ya sé dónde encontrarla.
Aparco a un par de calles de la casa de Fran, me apetece caminar un poco. Al volver una esquina la veo. Tal como predije, la moto está aparcada en la puerta de su edificio, con el brillo inconfundible de las llaves puestas en el contacto. Me apoyo en ella, saco el móvil y llamo a Fran. Le pido que se asome a la ventana. Al verme se queda boquiabierto, no sé si por la moto, por mi aspecto o por ambas cosas. No tarda en bajar y llegar a mi lado. No disimula su asombro al verme arreglada por primera vez en mucho tiempo.
—Necesito que me lleves —le digo antes de dejarle hablar.
—¿Qué te lleve? —Fran no cree haber entendido bien.
—Sí, quiero subir en ella una última vez… antes de venderla —le aclaro sin dejar de mirarle a los ojos.
—¿Vas a venderla? —A duras penas puede ocultar el entusiasmo.
—Sí, está decidido.
—Vaya… —murmura incrédulo mientras acaricia el asiento de cuero.
—Necesito que hagas otra cosa por mí.
—Tú dirás —dice mientras sigue observando la moto, sin creerse aún que de verdad vaya a hacerlo.
—Necesito que me mires.
—¿Cómo?
Fran se vuelve y al fin nuestras miradas se cruzan. Y por primera vez en años lo veo; veo cómo me mira y vuelvo a sentir ese fuego que he descubierto entre sueños.
Antes de besarle doy las gracias a Nico por habérmelo mostrado. La misma moto que le dio sentido a su vida me había conducido al sentido de la mía.

