—¡Qué flores tan bonitas, abuela! ¿Cómo se llaman?
—¿Cuáles, las flores blancas? Son calas, cariño, son mis flores favoritas.
—¡No me extraña! ¡Son preciosas!
Sonrío complacida por el entusiasmo de Marta. Mi jardín se transforma en un mundo mágico de colores e increíble belleza cuando sus ojos inocentes lo miran. Contagiada de su fervor me giro y por unos segundos siento la vida a través de su mirada. Unos deditos me tocan la espalda. Me vuelvo y un pequeño ramo de flores blancas casi me golpea el rostro.
—Pero ¿qué?
—¡Para ti! Un ramo de tus flores favoritas.
Marta me lo entrega complacida. Un olor penetrante remueve algo en mi interior. Aparto el ramo para observarlo mejor. Decenas de flores blancas, con pétalos como granos de arroz, se aprietan unas contra otras rivalizando por el poco sostén que unos finos tallos otorgan. Sonrío. Miro a Marta henchida de felicidad, y viajo —viajo— a la niña que fui. Y vuelvo a sentir el deseo puro de entregar amor y recibirlo sin condiciones.
—Es precioso, Marta, lo pondremos en la mesa del salón.
Marta me da un fuerte abrazo, de esos eternos, lleno de verdad, después se aparta y me mira.
—Te quiero, abuela.
—Y yo a ti, cariño.
Empezamos a caminar hacia la casa, yo observo el ramo, y vuelvo a ese día, aquel en el que yo era la nieta.
—El ramo es hermoso, Marta, pero estas no son mis flores favoritas.
Marta se vuelve contrariada.
—¿Cómo que no? Son calas, o algo así, tú lo has dicho.
—Estas son calas.
Me detengo y señalo unos maceteros de piedra donde unas flores con un gran cáliz blanco en forma de embudo rodean un pistilo de un amarillo chillón.
—¿Esas? ¡Son feas!
Río con la ocurrencia.
—¿Y estas cómo se llaman?
—Pues… ¿Su nombre real? —vacilo unos segundos.
Un recuerdo lejano roza las orillas de mi memoria, pero me muerdo los labios.
—No lo sé, son silvestres, yo no las he plantado.
Marta se acerca decidida al lugar en el que encontró las flores, detrás de mis maceteros, allí donde las lluvias las han hecho crecer por miles desafiando las plantas que tantos cuidados necesitan. Saca el móvil del bolsillo trasero de su pantalón y echa una foto. Yo muevo la cabeza con desaprobación. Teclea algo y al poco se vuelve con el rostro iluminado, me muestra la pantalla donde aprecio la imagen borrosa de unas flores blancas.
—No veo sin las gafas, cariño —le aclaro.
—Mastuerzo marítimo —lee ella—, planta originaria de las Islas Azores ¡Wow! ¿Dónde está eso, abuela?
Yo suelto una carcajada.
—¿Las Azores? Lejos, Marta, muy lejos.
Se guarda el móvil complacida y vuelve a mirar el ramo.
—Me encantan. Va a ser mi nueva flor favorita… las flores de las Azores.
Ríe divertida y su sonoro cascabel me lleva otra vez al pasado. Vuelvo a ese día en que escuché un nombre bien distinto para esas mismas flores. Y recuerdo cómo mi risa inocente hizo regocijarse a una abuela que rozaba apenas la ilusión de disfrutarme.
—Lagrimitas del Señor —murmuro.
—¿Qué?
—Lagrimitas del Señor —digo en voz más alta—, así las llamaba mi abuela.
—¿Tu abuela?
Asiento con la cabeza.
—También era su flor favorita.
—¿En serio? —exclama Marta sorprendida, como si hubiera escuchado la mayor de las revelaciones— ¿Cómo era tu abuela?
—Bueno… apenas la vi dos o tres veces en mi vida.
—¿Solo? ¿Pero por qué? —La indignación rezuma en un instante en su voz.
—Pues vivía muy lejos y era muy mayor…
—¿Y por qué no ibas a verla?
—Mis padres trabajaban mucho y, bueno, cosas de adultos, Marta.
—Qué pena… —dice Marta invadida de pronto por la tristeza.
Yo la observo de refilón, sorprendida una vez más con su facilidad para cambiar de estado de ánimo. Me paro, la detengo y me agacho para mirarle a los ojos.
—¿Qué pasa, Marta?
—Es que me pone muy triste que no pudieras ver a tu abuela…
—Ya, a mí también me habría gustado verla más… me habría gustado mucho.
No puedo evitar que un halo de melancolía me envuelva. El tiempo no ha logrado borrar un viejo anhelo. Y me invade otra vez la envidia de una niña que escucha historias de besos interminables, de mimos a escondidas, de dulces prohibidos… de un amor calmado, sin prisas.
—Pero ¿sabes qué, Marta?
Marta me mira con sus ojillos aguosos, esperando el salvavidas que la rescate de esa melancolía tan suya, tan intensa.
—Tú me recuerdas mucho a ella.
—¿En serio?
Yo asiento.
—¿Cómo lo sabes? ¿No dices que no la veías?
—La vi muy poco, pero me hablaban mucho de ella…
Marta empieza a sonreír, esa historia le interesa.
—Me contaban que era muy habilidosa con sus manos, hacía maravillas, como tú. Y que le encantaba corretear por el campo, oler las flores, coger los bichos que encontraba… ¿te suena?
Marta asiente con una amplia sonrisa; le encanta escucharme.
—¿Y sabes qué más hacía?
Marta me mira abriendo mucho los ojos.
—¿Qué?
—Adoraba coleccionar cajitas pequeñas.
—¿En serio? —Marta no puede creerlo.
—Sí, las tenía de todos los tipos y colores: cajas de cerillas, cajas de galletas, de botones…
—¡Cómo yo! —exclama entusiasmada Marta.
—Como tú, Marta, como tú.
—Yo ya tengo veinticuatro…
—¿Veinticuatro? —exclamo con una sorpresa exagerada en mi rostro.
—Sí, mamá dice que ya no puedo tener más.
Una nube de tristeza cubre de nuevo el rostro de Marta.
—¿Cómo que no? Tengo un trastero enorme… Puedes guardar aquí todas las cajitas que quieras.
—¿De verdad?
—¡Claro!
Marta se tira a mis brazos y yo tengo el tiempo justo de apartar el ramo para que no quede aplastado.
—Gracias, abuela.
—Gracias a ti, Marta, gracias a ti.
La aparto con cuidado y la miro a los ojos.
—Así cuando vea las cajitas en el trastero me acordaré de ti, pero también de mi abuela, ¿qué te parece?
—¡Sí, abuela!
Asiento complacida, sintiendo que una carga arrastrada por años empieza a liberarse, en el momento más inesperado.
—Y cuando yo vea las flores, también me acordaré de tu abuela —apunta Marta entusiasmada.
—Tu nueva flor favorita.
—¡Mi nueva flor favorita!
—La flor de las Azores.
—La flor de las Azores… ¿Cómo las llamaba tu abuela?
—Lagrimitas del Señor.
—¿Lagrimitas del Señor?
Asiento, Marta se ríe divertida con el nombre.
—Pero ¿por qué? ¡Qué nombre tan raro!
—En realidad tiene una historia muy bonita detrás ¿quieres que te la cuente?
—¡Sí, sí!
—Verás, tu abuela era muy religiosa…
—¡En eso no se parece a ti! —exclama risueña.
—No, la verdad que no. Bueno, pues ella decía que Dios nos observa desde el cielo y, cuando ve que la gente hace cosas malas, se pone muy triste. Entonces empieza a llorar y, cuando sus lágrimas caen al suelo, se transforman en los pétalos de estas flores blancas, para que siempre recordemos que detrás de la tristeza también puede haber belleza.
Marta me mira boquiabierta sin decir nada, visiblemente emocionada.
Se acerca al ramo y con sumo cuidado toca uno de esos pequeñitos pétalos, tal como hiciera yo muchos años atrás, cuando escuché la misma historia de boca de mi abuela.
Veo a mi nieta y me veo a mí —un mismo sentimiento—, y siento a mi abuela aquí con nosotras, porque la historia que ha salido de mis labios en realidad ha salido de los suyos.
Y ahora, después de tantos años, al fin comprendo que a mi abuela le bastó un solo instante para colarse en mi corazón para siempre.

