No era el mejor juego de bolos del mundo. Los bolos estaban hechos con una cartulina muy fina, de esas que mandan en el colegio para hacer manualidades y la mitad de las veces se caían solos, incapaces de soportar su raquítica arquitectura. Pero eran bonitos, muy bonitos. En cada corte inseguro de tijera, en cada trazo de pintura, palpitaba el inmenso amor con el que estaban hechos. Los guardé en una bolsa y caminé a casa flotando: mi cuerpo vibraba con una ilusión que había ido creciendo desde que la profesora anunciara el trabajo para el Día del padre.
Aunque no se lo había dicho a nadie, nunca había jugado a los bolos con mi padre. En realidad, no recordaba haber jugado a nada con mi padre, pero no quería pensar en eso; hoy era su día y no podría resistirse a jugar conmigo.
Terminamos de comer. Yo no había dejado de observarle ni un segundo. Menos mal que no notó mis esfuerzos por contener mi risa nerviosa. Cuando se levantó para sentarse en el sofá, corrí a mi cuarto y aparecí con mi regalo en las manos. Él se incorporó despistado, sin entender aún qué pasaba. Le puse su regalo entre las manos, que seguían sujetando el mando de la tele, mientras reía ilusionada al ver su cara de sorpresa. Los miró con atención, sin saber qué decir. Me repitió lo de siempre: que no hacía falta que le regalara nada por el Día del padre. Yo siempre pensé que lo decía para ahorrarnos molestias; con los años me di cuenta de que ese día era mucho más especial para mí que para él…
—Mira papá, se aguantan de pie con esta pestaña… —le explicaba orgullosa.
Él asentía con la cabeza mientras les daba vueltas para verlos mejor.
—Son muy bonitos, hija.
Entonces me los devolvió.
—¿No quieres probarlos? —le pregunté ansiosa; en mi mente había imaginado que él estaría deseando jugar con ellos.
—¿Ahora? Estoy muy cansado —me dijo mientras recuperaba su posición en el sofá.
Casi pude ver una risa contenida en su rostro, de esas que le salían cuando se sentía incómodo.
Me quedé de pie frente a él un momento. Debió notar mi decepción porque añadió:
—Hija, llevo despierto desde las seis de la mañana y no he parado… después jugamos —Hablaba sin mirarme, con ese tono que rozaba el enfado.
Me sentí mal. Papá estaba muy cansado para jugar. Guardé los bolos. Antes de abandonar el salón me volví para mirarle. Con el ceño fruncido miraba al infinito moviendo la cabeza. Después se tumbó, cerró los ojos y no tardó mucho en quedarse dormido.
Esa tarde no jugamos a los bolos, se aplazó a la noche, pero después de todo el día trabajando las fuerzas estaban aún más mermadas.
Esperé al día siguiente, después al fin de semana, después a las vacaciones.
Muchas veces colocaba los bolos en mitad del salón justo antes de que llegara de trabajar. No le decía nada, solo me ponía a jugar con ellos. Al principio se reía al verme y hacía alguna broma sobre mi insistencia. Después me miraba muy serio y se marchaba deprisa a otro lugar de la casa. Cuando regresaba al salón yo ya los había recogido y él volvía a sonreír.
Jamás tiró los bolos, ni una sola vez; ni siquiera supo cómo se veían cuando todos estaban colocados en su posición, ni el número de veces que se caían solos antes siquiera de empezar a jugar.
No recuerdo cuántas veces insistí antes de rendirme. Los guardé con una mezcla de rabia y decepción y terminé por olvidarlos.
Muchos años después los encontré en un rincón del trastero, llenos de polvo. Al verlos, viajé de nuevo a aquel día y me pregunté, una vez más, si mi padre supo lo importante que habría sido esa partida de bolos para mí. Ese día mis bolos no cayeron, pero en su lugar algo empezó a tambalearse.
Una grieta invisible y silenciosa apareció en el pedestal en el que había subido a mi padre. Fue solo una pequeña grieta, pero esa primera, a la que seguirían muchas, fue la que más me dolió.

